El divorcio en el Reino de Dios

Gracias por extender la Misión de Amor:

Padre Jesús, con cuánta razón nos dices que nuestras reglas son para tercos y de corazón duro. Conoces mis juicios, donde califico que mi pareja no hace lo que yo quiero. Porque a la persona a quien yo que acepté libremente en el amor, juzgo que no entra dentro del esquema que yo pienso. Y me intolero y entro en conflicto, dejo el acuerdo, y muestro mi incapacidad de aprender del conflicto y crecer descubriéndome a tus ojos.

Mis conflictos hablan de mi: Yo decidí cómo tienen que pensarse, sentirse, hacerse, decirse o dejar las cosas. Y si otra persona NO está de acuerdo y piensa, siente, hace, dice, calla o deja de hacer, entro en conflicto. Porque no acepto al mundo, a la otra persona o a mi mismo como tu nos vez: Seres libres y responsables de nuestros pensamientos palabras obras u omisiones . Prefiero como Adán echarte a ti la culpa «La mujer que tú me diste me dio y yo comí.» O como Eva responder, «La serpiente me engañó» ,en lugar de aceptar que mis conflictos muestran mis errores, que con tu visión me ayudas a aceptar, comprender y corregir en el camino, la verdad y la vida, y con el amor que viene del Padre.

Tú me dices que reciba el Reino de los Cielos como lo hacen los niños: «como es». Ellos se asombran del milagro de la vida y se aprestan a descubrir «lo que sigue». Saben que algo que los incomoda puede convertirse en una bendición.

He dejado de sorprenderme. No he dejado que Tú seas nuestro Dios . Me he convertido en víctima, juez, verdugo y, además, en parte del conflicto. Me vuelvo intransigente, no encuentro el milagro que hay detrás de cada conflicto y no recurro a Ti, mi Señor, buscando tus ojos, tu corazón, tus manos, tu entendimiento, tu Espíritu Santo, para qué ilumines nuestras vidas, nuestro sacramento, nuestra pareja, nuestra familia.

No sé cómo pedirte perdón por no incluirte, en el momento del conflicto. Por no permitirte que Tú seas Dios y que la expresión de tu amor, de la que estamos hechos, nos transforme.

Señor, con vergüenza te pido perdón:

Por haber maltratado o dejar que me maltarte mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis familiares, los conocidos.

Por juzgar y no entender que Tú estás en la creación, que Tú estás en nuestra presencia pero no te reconozco en mi conciencia.

Perdón: porque adultero tu creación, adultero la pareja que tú has constituido. Adultero la familia. Adultero a la sociedad y su conciencia; justificando mi promiscuidad, mi debilidad, y mis bajezas en otro prójimo.

Yo soy responsable:

Y no sé pedir perdón.

Y no sé pedirte ayuda

Y no sé dejarte ser Dios,

para que tú nos transformes

Y no sé recibir el Reino de los Cielos

como lo hacen los niños: cada día.

Cuando se presenta un conflicto, una desavenencia, una separación, un divorcio, expreso mi impaciencia, mi falta de conciencia, de fe, esperanza y caridad, de amor contigo, conmigo y con mi prójimo para dejar que el Espíritu Santo obre sobre nosotros. Que el sacramento sanador del matrimonio transforme. Que tú seas nuestro Dios. Que tú seas nuestra guía. Que el «soplo de amor», con que nos creaste, dé frutos como retoño de la vid donde nosotros seamos tus sarmientos.

Qué pena que en el divorcio, lo único que hago es complicarle la vida a nuestra familia y nuestros prójimos. Y algunas veces es justificar mi adulteración, como cuando afirmo que: «la familia no tiene padre o madre», «Que mi nueva pareja es mi verdadero amor». «Que el amor se acaba». «Que soy la víctima». «Que tengo derecho a una nueva vida».

Gracias a ti, mi familia nunca se separará. Sigue teniendo padre y madre., «Dios los hizo hombre y mujer; y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe», sigue unida en una carne, a pesar de todas aquellas personas que traten de acomodar sus razones para justificarse y adulterar.

Estás en nuestra presencia pero no en mi conciencia. Perdón por agredir, separar o juzgar a las familias que tiene el divorcio en su historia. No he sabido dejarte ser Dios. No he pedido tú intercesión. No te he dado ese espacio para meditar profundamente contigo en lo que tú quieres que haga. No he puesto mis ojos y mi corazón en tu voluntad.

Es una pena que mi conciencia se haya deformado o adulterado de tal manera que justifique la separación, cuando Tú todo lo has hecho unido.

Jesús, hijo de David, abre mi corazón, mis ojos, mi conciencia. Si Tú quieres límpiame, para que quede limpio y la luz del espíritu se exprese hacia mi prójimo como a mí mismo, porque nuestro espíritu es el soplo divino de amor que tú has depositado en nosotros, el Espíritu Santo del padre y del Hijo.

Señor de la misericordia, del Sagrado Corazón, en el Santísimo Sacramento del Altar: dame tus ojos porque los míos no saben mirar. Tu consciencia, porque la mía está confundida. Dame tu voluntad porque la mía es frágil. Dame tu corazón porque el mío es terco, duro, insensato e insensible.

Cristo, Tú me diste la vida de tu vida, para nosotros. Abrázame y guíame cuando piense o justifique adulterar, pues sólo deformo mi conciencia. Me justifico ante el mundo entero, pero ante TÍ ¡nunca!. Tú conoces el más íntimo de nuestros pensamientos.

¡Levántame! Ayúdame, ayúdanos porque al adulterare dejado de caminar en la vida. Caí al creerme justo, como si fuera Dios. Por mi terquedad, mi vanidad, oculté a mi conciencia tu expresión de amor. He dejado de ver y esperar tus milagros que son tu amor siempre presente en todos lados, en todos los momentos, en mi prójimo como en mi mismo, presente aún en mis conflictos.

Amor Mío, ven, te necesito. Despiértame. Abre, Si tu quieres límpiame y que sea niño recibiendo el Reino de los Cielos

AMEN

(RDP)

Autor entrada: Juan Manuel D'Acosta

Laico promotor y terapéita de Mision de Amor. Investigador de desarrollo de la espiritualidad en el conflicto. Lic. en Comunicación y postgrado en Psicoterapia de Pareja.

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