Tu hogar es el Espíritu Santo

Gracias por extender la Misión de Amor:

Me recuerdo que hay mucho que Dios desea aun enseñarme, y pido la gracia de escucharlo y de aprender. “En estos dias,  Dios me enseña como un maestro de escuela a su pupilo” (San Ignacio).

Hogar divino, hoguera que anima mi espíritu; cómo pudiera dudar de que estás en mí si sé que estás en todo lo visible e invisible. En el fondo de mi ser está tu templo que, más allá de ser un centro de adivinación y sabiduría, es el hogar del alma mía donde me recibes aunque no tenga cuerpo, a pesar de mis errores, de mis fallas y cobardías, de mi ausencia y mis tiranías, de mi egoísmo y mis debilidades.

Tu hogar es el amor que manda. El hogar de tu Espíritu Santo que añoro cuando mi pecado me aleja de ti, pues me avergüenza haber ofendido a mi prójimo o a mí mismo y con ello contraríe tu voluntad y me aleje del abrazo del fuego de tu amor divino.

Del hogar divino mi conciencia tiene la llave, algunas veces colgada al cuello en forma de cruz, de sacrificio y compasión, de penitencia, reconciliación y transformación. En mi conciencia la llave es oración y abandono en la meditación de tu presencia.

Qué alegría saber que la puerta grande del hogar de tu Espíritu Santo tiene forma Sacramental, pues no se cierra mi bautizo, ni mi confirmación; dos grandes portones por los que regresé al hogar del espíritu. Y la puerta angosta es sacramental de reconciliación, donde los lodos que acumulé, las manchas que cultivé y la lepra que permití es bañada, curada y envuelta en tu misericordia penitencial. Así me vistes de gran gala para entrar por la puerta del altísimo donde tu gloria es plena y el gozo del cielo te abraza. Cuán hermoso es adorar está puerta del hogar de tu Espíritu Santo, que es alimento divino, pan de ángeles, donde el Padre se entrega como hijo en Espíritu Santo y se encarna para abrir el camino de nuestra encarnación y alcanzarnos el gozo del cielo en el hogar del Espíritu Santo.

También te distingo por la puerta en lo alto del sacerdocio donde extiendes tu alba y el ordenamiento de servicio y consagración; puerta que abre, repara y construye puertas. Tu hogar también tiene la sacramental puerta matrimonial donde reúnes a dos almas y eres el pasadizo único para mirarse el uno en el otro y abrir el paso de nuevas almas que procrean y protegen en la hoguera familiar que crece en tu nombre y con tu presencia

Santo hogar del Padre Nuestro que sacramentalmente te extiendes en la humanidad como ungüento en la debilidad y la enfermedad, nos alcanzas con la caricia y la sanación de tu presencia a nuestra débil existencia.  Sin embargo la puerta que más brilla está en amarte en mi prójimo y en mi mísmo.

Ayúdame, Señor, a estar más consciente de Tu Presencia. Enséñame a reconocerla en los demás. Llena mi corazón de gratitud por las veces que tu Amor se me ha mostrado a través del cariño de mis acompañantes.

Gracias por mantener eternamente tu presencia en la divina hoguera de tu Espíritu Santo en nuestra existencia, por darnos el hogar del cielo con tantas puertas. Perdón por no ir al hogar donde nos esperas siempre, sé que te dejo solo, aunque estás en mí, pues te ignoro en mi conciencia mirando o mundano y olvidando que tú eres el hogar del mundo. Ayúdame a mirar tu hoguera de amor en todo el mundo, en toda tu creación, en mi reflejo del espejo, en mi prójimo, tu hoguera de amor siempre presente en el hogar de tu amor.

La Palabra de Dios

Juan 10:22-30

Era invierno y en Jerusalén se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo. Jesús se paseaba en el Templo, por el pórtico de Salomón, cuando los judíos lo rodearon y le dijeron: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente”. Jesús les respondió: “Ya se los he dicho, pero ustedes no creen. Las obras que hago en el nombre de mi Padre manifiestan quién soy yo, pero ustedes no creen porque no son ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano. Aquello que el Padre me ha dado es más fuerte que todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa”.

Autor entrada: Juan Manuel D'Acosta

Laico promotor y terapéita de Mision de Amor. Investigador de desarrollo de la espiritualidad en el conflicto. Lic. en Comunicación y postgrado en Psicoterapia de Pareja.

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