Mi necedad es como piedra

Gracias por extender la Misión de Amor:

Señor, como gota de agua en la piedra, transfórmame en vaso de tu Amor. No basta con decirte Padre Nuestro, reconociéndome tu cría, aunque el hecho de aceptar tu paternidad debiera bastarme, pues por tu gran misericordia me cuentas entre tus hijos.

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Me entregas tu presencia en Cristo y me animas con el Espíritu Santo. Soy tu crío y quiero dejarme criar, tomar tu mano y decirte Padre Nuestro y creador del Cielo y de la tierra.

Cuanto debiera de aprender de sólo contemplar tu obra maestra, con sólo mirarme en el espacio de tu expresión de Amor, de maravillarme con tu divina presencia en cada rincón del universo y entristecerme de la ausencia de tu presencia en mi conciencia.

Que gran misericordia tienes Padre Nuestro de la infinita paciencia que sólo el Amor puede entregar a su crío que vaga, pensando que conoce el sentido de la vida y olvida que tu eres la vida, pues al surcar el tiempo olvido que eres fuente viva siempre presente en el tiempo eterno, siempre nueva, siempre aliento y ánimo para calmar la sed de tus críos. Y presumo de que conozco el rumbo de mi vida y olvido pararme en el presente del camino. Pues bien lo dices con tu presencia en Jesús, manantial de agua viva, pan de vida eterna: Yo soy el camino y la vida. ¿Que sé de la vida si olvido tu mano de cada día?

Que pequeño es mi entender cuando juzgo y separo lo que en verdad has hecho uno, pues en tí somos uno y la verdad nos hace libres sin humillarnos, ni condenarnos por la ignorancia que justifica nuestros errores. Que gran soberbia es no echarme a tus plantas y gozar en tu regazo escuchando a tu Espíritu Santo de verdad y vida en el camino. Divina humildad de tu Espíritu Santo que alientas nuestro espíritu con todo tu Amor, en todo momento y te dueles que no te miremos como luz en el temor ni guía en cada paso. Señor quiero encarnar tu palabra que no es otra que AMOR.

No basta sentirme hijo Amado, ni razón del más gran sacrificio, ni templo de tu Espíritu Santo. Sólo amando se vive el Amor, sólo amando te encuentro Señor, sólo amando retomo el camino con el perdón, solo encarnando el Amor sabré que plenitud es confesar con mi boca que eres el Padre Nuestro y nosotros tu herencia al universo. Amarte es amar a tus crías: a mi prójimo y a mi mismo.

Hoy te pido Señor, que tu amor, como gota de agua en la piedra, me transforme en vaso de tu presencia. Que sepa decir “Padre Nuestro” recibiendo y entregando el perdón y el amor, pues quiero mirarme cría tuya. Te lo pido en nombre de Jesucristo que es tu Espíritu Santo y son uno para formar nuestro hogar en verdad, en el camino durante toda la vida.

Amén.

Te miro en el relato de San Juan (13,16-20)

Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:

“Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía.

Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.

Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.

Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”.

Leo el comentario del Evangelio de Santa Teresa del Niño Jesús
(1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia

Manuscrito autobiográfico B, 2vº-3vº

“Recibir al que yo envío, es recibirme a mí; y recibirme a mí, es recibir al que me ha enviado”

Ser tu esposa, oh Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo la madre de las almas, me debería ser suficiente. Pero no es así. Sin duda alguna que estos tres privilegios son mi vocación –carmelita, esposa y madre- y sin embargo siento dentro de mí otras vocaciones… Siento la necesidad, el deseo de llevar a cabo por ti, Jesús, todas las obras más heroicas…. A pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar las almas como lo han hecho los profetas, los doctores; tengo la vocación de ser apóstol. Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar, sobre la tierra de los infieles, tu Cruz gloriosa, pero, oh amado mío, una sola misión no me bastaría, quisiera al mismo tiempo anunciar el Evangelio en las cinco partes del mundo y hasta las islas más alejadas. Quisiera ser misionera no solamente por algunos años, sino que quisiera haberlo sido desde la creación del mundo y serlo hasta la consumación de los siglos…

¡Oh Jesús mío! ¿qué vas a responder a todos mis delirios? ¿Acaso hay un alma más pequeña, más débil que la mía? Y sin embargo, a causa de mi misma pequeñez tú has querido, Señor, colmar mis pequeños deseos infantiles, y quieres hoy colmar mis otros deseos más grandes que el universo… He comprendido que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que comprende todos los tiempos y lugares; en una palabra, que es eterno… Mi vocación, por fin la he encontrado, mi vocación, es el amor.

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Autor entrada: Juan Manuel D'Acosta

Laico promotor y terapéita de Mision de Amor. Investigador de desarrollo de la espiritualidad en el conflicto. Lic. en Comunicación y postgrado en Psicoterapia de Pareja.

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