¿Con qué autoridad juzgas?

Gracias por extender la Misión de Amor:

Alma mía, cuando juzgas a tu prójimo, parece que fueras un juez justo y que todo lo conoces. Ante una ofensa o deuda, lo condenas y le aplicas el castigo, pero es injusto ser juez y víctima, es injusto desconocer a fondo los motivos que provocaron la ofensa o la deuda.

Cuando juzgas quedas como esclavo de tu prójimo, pues estás muy atenta a que se cumpla la sentencia que tu misma has dispuesto. Estás muy atenta a cada movimiento, palabra y obra que realice, esperando que la sentencias se cumpla. Tal vez esperando que la ley divina lo castigue escuchando el viejo refrán “Dos castiga sin palo ni cuarta”

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Pero hay un “Dios que todo lo ve” y todo lo sabe, que no nos ha abandonado ni en la salud ni en la enfermedad, ni en lo prospero, ni en lo adverso. Un Dios justo, que hemos aprendido a decirle Padre Nuestro, por su encarnación en Jesucristo por obra de su Espíritu Santo. Y ante la ofensa el entrega misericordia, compasión y nos abraza con la creación, nos habla con su palabra y nos guía con su Espíritu Santo ara levantarnos y volver a tomar el camino, la verdad y la vida hacia los brazos de su Espíritu Santo donde nos entrega amor, paz, gozo, paciencia, amabilidad, mansedumbre y dominio de si,

Somos su bendición de Amor en esta tierra, la autoridad que tenemos viene de su misericordia, entonces, antes de pensar juzgar a tu prójimo, mira con que autoridad te sostienes, no sea que el Señor de la Misericordia te pida cuentas de la misericordia que te ha entregado, del perdón que te ha dado y en lugar de dar frutos, has escondido los dones recibidos para darle vida a tu vida.

Medita en lo que el Señor hace cuando de tu corazón sale la ofensa o de tus actos surge la deuda, sin dudar actúa con misericordia antes que juzgarnos. Haz lo mismo y entrega la compasión que has recibido, sacrifica tus juicios y entonces sabrás que has decidido por ser libre a imagen y semejanza, disfrutarás de la paz que tanto anhelas, verás la palabra del Señor encarnada en tu vida y serás su voz.

Alma mía, antes de juzgar entrega la compasión. Y ante la ofensa o la deuda, ayuda al hermano(a) a que levante su corazón al Amor, descubra la paz y se mire lleno de la gracia del Espíritu Santo, porque al igual que tú, es un ser bueno(a), pues todo lo que ha creado el Señor es bueno. levántate y retoma el camino que Jesucristo ha marcado con su huella eterna en la Tierra. Anda pues en la Verdad y serás libre, como el Señor quiera que sea tu hermana(o) de todo juicio que condena o separa.

Medita en el Evangélio que relata San Mateo (21,23-27)

Detén tu caminar y medita, escuchando la buena noticia, en lo hondo profundo de tu corazón donde está la presencia del Espíritu Santo en tu espíritu.

Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?”.

Jesús les respondió: “Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas.

¿De dónde venía el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres?”. Ellos se hacían este razonamiento: “Si respondemos: ‘Del cielo’, él nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no creyeron en él?’.

Y si decimos: ‘De los hombres’, debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta”.

Por eso respondieron a Jesús: “No sabemos”. El, por su parte, les respondió: “Entonces yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto”.

Leer el comentario del Evangelio de San Agustín en su sermón para la natividad de San Juan Bautista (1):

Reconocer la voz; reconocer la Palabra

Como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: “No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.” Le preguntaron: “¿Qué dices de ti mismo? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Prepara el camino del Señor” (cf Jn 1,23).

Soy la voz del que rompe el silencio. “Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.” ¿Qué significa esto sino que seáis humildes en vuestros pensamientos?

Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen. Si hubiera dicho: “Soy Cristo”, con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló. Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia.

(1 )    293,3; PL 38,1327-1329, San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

Autor entrada: misiondeamor

Laico promotor y terapéita de Mision de Amor. Investigador de desarrollo de la espiritualidad en el conflicto. Lic. en Comunicación y postgrado en Psicoterapia de Pareja.

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