Cuando pensamos en «penitencia», a menudo nos vienen a la mente el ayuno o la abstinencia. Pero, ¿es eso todo? ¿Corremos el riesgo de cumplir con un ritual mientras ignoramos lo esencial?
Exploramos el verdadero significado de la penitencia cristiana, desde su definición en el Catecismo hasta una profunda reflexión del Papa Francisco que nos lleva al corazón de la justicia social.
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La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración y la limosna (cf. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás.
Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados:
Los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo.
Las lágrimas de penitencia.
La preocupación por la salvación del prójimo (cf St 5,20).
La intercesión de los santos.
La práctica de la caridad «que cubre multitud de pecados» (1 P 4,8).
(Catecismo de la Iglesia 1434)
Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, y la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).
El Papa Francisco, en una homilía en Santa Marta, reflexiona sobre el riesgo de una penitencia hipócrita, basándose en las palabras del profeta Isaías.
«¿Cómo se puede pagar una cena de doscientos euros y luego hacer como que no se ve a un hombre hambriento a la salida del restaurante? Y ¿cómo se puede hablar de ayuno y penitencia y luego no pagar los impuestos a las asistentas domésticas o el sueldo justo a los propios trabajadores recurriendo al salario en negro?»
— Papa Francisco
El Papa nos pone en guardia contra la tentación de «tomar el atajo de la vanidad», de querer parecer buenos haciendo «un bonito donativo a la Iglesia» mientras se «explotan» a las personas.
El Papa Francisco explica que el pueblo en tiempos de Isaías se quejaba de que Dios no escuchaba sus ayunos. Pero el Señor les responde:
«He aquí, vosotros ayunáis entre peleas y altercados golpeando con puñetazos a malvados».
Estos creían que ayunar era un poco como «maquillar el corazón». Al igual que los fariseos, se sentían justos por ayunar, pero cometían injusticias y explotaban a la gente.
«No vale decir: ‘yo soy generoso, haré un buen donativo a la Iglesia'», insiste el Papa. Más bien, pregúntate: «dime, ¿pagas lo justo a tus asistentas domésticas? ¿A los trabajadores les pagas en negro? ¿O como dice la ley para que puedan dar de comer a sus hijos?».
Citando a Isaías, el Papa Francisco revela cuál es el ayuno que Dios prefiere:
«¿No es este el ayuno que quiero: deshacer los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertada los quebrantados y arrancar todo yugo?
¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?»
Este es el ayuno que Dios quiere.
El Papa advierte que cuando hacemos una buena obra (orar, ayunar, dar limosna), no debemos tomar la «tangente de la vanidad», es decir, hacerlo para que nos vean. La verdadera penitencia es solo para el Padre.
(Aquí añades un párrafo de conclusión. Por ejemplo:)
La penitencia, por tanto, no es un acto privado e individualista. Comienza en el corazón, pero si es auténtica, transforma radicalmente nuestra relación con los demás, especialmente con los más vulnerables. Es una llamada a la coherencia entre nuestra fe y nuestras acciones diarias.
(Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 10, viernes 10 de marzo de 2017)
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