Despierta en medio del dolor que no has soltado

Hay un dolor que permanece despierto por dentro, aunque ante el mundo te muestres con una sonrisa perfecta y digas que todo está bien. A veces se disfraza de un rencor silencioso, de una ofensa del pasado que tu mente prefirió archivar pero que tu corazón nunca cerró. Como Luis, que ríe para ocultar lo que carga, o como Valentina, que prefiere no confiar. Este ejercicio no te pide que cierres los ojos y «sigas adelante» fingiendo una paz que no tienes; te invita a sostener el espejo, despertar a lo que verdaderamente cargas y permitir que el Espíritu Santo toque y acaricie esa llaga abierta.

Alma mía, ante la eterna pregunta de ¿Qué hago con mi vida?, detente a escuchar el eco de tu interior y descubre a quién le estás preguntando. ¿Le preguntas a tus miedos y al egoísmo, al ruido de las opiniones ajenas, o al susurro pacífico del Señor? La respuesta que obtengas tendrá el color y los intereses del maestro que elijas escuchar.

Contempla los frutos de tu corazón, porque ellos son la cosecha visible de tu vida. Si riegas tu jardín interior con el agua amarga de los juicios, los rencores viejos y los temores del mañana, tus frutos se pudrirán en las ramas. Pero si permites que la brisa del Espíritu sature tu ser, desde el fondo de tu corazón brotarán racimos llenos de vida. Abre tus ojos a lo que la Palabra nos revela en Gálatas 5, 22-23. 25:

En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. […] Si vivimos por el Espíritu, marchemos también tras las huellas del Espíritu.”

Eres un lienzo vivo del Amor de Dios, hermana. Los únicos frutos capaces de nutrir tu alma son los que nacen de su gracia. Por eso, hoy proponte reaccionar desde tu centro espiritual. Deja de mirar el mundo solo a través de los lentes rígidos de la mente que juzga, o de la barrera de las emociones heridas y los dolores que el cuerpo grita. Perdona, limpia tu mirada y conviértete en un canal de su paz: ese es tu origen, el mapa de tu camino y tu destino final.

Escucha con atención cómo Jesús, en el Evangelio según San Lucas 6, 43-44a. 45-48, nos dibuja una imagen muy clara sobre la coherencia y la solidez de lo que guardamos:

«No hay árbol bueno que produzca fruto malo, ni árbol malo que produzca fruto bueno. Cada árbol se conoce por su propio fruto… El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo, de su mal tesoro saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca. ¿Por qué me llaman: «Señor, Señor», y no hacen lo que digo? El que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica… es semejante a un hombre que al construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió con fuerza contra aquella casa, pero no pudo moverla porque estaba bien construida…»

¿Puedes ver la solidez de esa roca que sostiene la estructura frente a la tormenta? Al detenerte hoy a reflexionar en sus palabras, abres la puerta de tu hogar interior para que Él entre y lo habite.

El gran monje cisterciense San Bernardo nos recordaba en sus sermones que la fe no es solo una idea abstracta, sino un camino que se demuestra al andar. Dialogando con el Señor, él nos decía con dulzura: “Si creéis en Cristo, haced las obras de Cristo, para que se avive vuestra fe; el amor le dará vida a esa fe y tus acciones serán la prueba”. No podemos decir con los labios que conocemos a Dios si nuestras manos y nuestras palabras siembran rechazo o devolvemos mal por mal, porque el mismo Señor nos advierte en Isaías 29, 13: “Este pueblo se acerca a mí con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

La fe sin amor no sana el alma, y las obras sin fe no logran construir un corazón justo. Se necesitan ambas alas para volar hacia Él, pues la Escritura en Hebreos 11, 6 nos recuerda que “sin la fe es imposible agradar a Dios”. Y aquel que no busca agradar a Dios, tampoco se deleita en su Iglesia. ¿Cómo podría ser recto quien no ama al Señor ni a su Esposa, la Iglesia, a la cual el Cantar de los Cantares 1, 4b le canta: “¡Qué justa es la razón para amarte!”?

A la santidad no le basta la fe sin obras, ni las obras sin la fe. Hermanos, nos es necesario enderezar el sendero y afinar el oído al paso del Maestro. Elevemos hacia el cielo nuestros corazones y nuestras manos unidas, confirmando con hechos de rectitud y ternura la belleza de nuestra fe, amando profundamente a la Iglesia y sabiéndonos amados por el Esposo, nuestro Señor Jesucristo, bendito por Dios en los siglos.

DESTINO

Tu siguiente paso en este sendero puede ser escuchar el relato de Valentina — «confiar siempre cuesta demasiado» — o mirar el reflejo en la historia de Luis — «río para que no vean lo que hay adentro».