¿Cómo manejar la ofensa?

Hoy caminaré mirando a Dios en la vida que me rodea y me alienta

Ante una persona que pretende lastimarnos, ofendernos o con deuda. En nosotros está decidir: Juzgarla con inteligencia o con inteligencia emocional como alguien que nos ofende. O bien tratarla con inteligencia espiritual, como alguien que necesita ayuda. La voz del Espíritu Santo en tu epiritu te llevará a los actos de libertad y de liberación. Si guardo ofensa me convierto en esclavo de la otra persona. Pide al Señor su Inteligencia

Cierra la puerta y platica con el Señor, escríbele una carta y escucha en el eco de tus palabras la respuesta…. Por ejemplo, cuando oramos diciendo “Padre Nuestro” el eco de nuestra palabra nos muestra que somos sus hijos amados, todos, sin excluir a nadie.

Orar es un diálogo para escuchar la verdad. Asi describe la oración San Agustín:

La oración es un encuentro personal, un diálogo con Dios que se realiza desde el corazón del hombre y desde su clamor que llega hasta el corazón de Dios. La oración es un diálogo de fe y amor. San Agustín parte de una convicción: antes que nosotros hayamos buscado a Dios, Él nos amó como Padre para unirnos a Cristo animados por el Espíritu de Amor.

«La oración es un don de Dios» que hay que acogerlo y abrir el corazón para poder recibirlo. Si se trata de una relación personal se comprende que haya que «estar presente ante Dios». En este camino de presencia y búsqueda hay que «invocar a Dios», desear, llamar, pedir, clamar y abrir el corazón para que entre en lo más íntimo del propio ser.

Orar es encontrar la inteligencia espiritual, la inteligencia es uno de los dones que nos entrega el Espíritu Santo. En palabras de S.S. Juan Pablo II, en su Catequesis sobre el Credo, 16-IV-89

La fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente con ella concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina.

La palabra «inteligencia» deriva del latín intus legere, que significa «leer dentro», penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que «escruta las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?» (Lc 24:32)

Esta inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (cfr Jn 14:26; 16:13) y a los fieles que, gracias a la «unción» del Espíritu (cfr 1 Jn 2:20 y 27) poseen un especial «sentido de la fe» (sensus fidei) que les guía en las opciones concretas.

Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también mas límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro. «¡signos de los tiempos, signos de Dios!».

Queridísimos fieles, dirijámonos al Espíritu Santo con las palabras de la liturgia: «Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo» (Secuencia de Pentecostés).

Invoquemoslo por intercesión de Maria Santísima, la Virgen de la Escucha, que a la luz del Espíritu supo escrutar sin cansarse el sentido profundo de los misterios realizados en Ella por el Todopoderoso (cfr Lc 2, 19 y 51). La contemplación de las maravillas de Dios será también en nosotros fuente de alegría inagotable: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc 1, 46 s).