Cuida tus palabras

Lo que dices día a día en tu matrimonio no es solo un intercambio de información o una simple comunicación; es el fruto visible y palpable de lo que realmente cargas en el fondo de tu corazón. Confiar plenamente en el Amor de tu pareja y en el Amor de Dios no elimina por arte de magia la tentación humana de usar los labios para herir, levantar muros o esconder tus fragilidades, pero te ofrece una opción completamente distinta y luminosa cada vez que decides abrir la boca. Hay personas que ríen con fuerza para que nadie note el peso que cargan por dentro, como Luis, o que se refugian detrás de la fría razón para protegerse y no sentir nada, como Roberto. Por eso, esta guía es una orientación compasiva sobre el refugio que encontramos en el Amor de Dios, para continuar juntas tu hermoso acompañamiento en Misión de Amor.

Tus palabras hablan de tu corazón porque la bondad original del Amor habita en ti. Te invito a confiar en el amor que nació en tu noviazgo, en el lazo de tu matrimonio y en la fidelidad de Dios; permite que su milagro de caridad y misericordia transforme tu historia familiar. Déjale a Dios ser Dios en tu vida, especialmente en las estaciones de crisis, allí donde las caídas, la oscuridad del dolor, el frío del rencor, la debilidad y la falta de voluntad nos hacen flaquear las rodillas. Si hoy te encuentras en la etapa del noviazgo, te propongo el santo ejercicio de retirarte al menos dos días a solas con el Señor, para que lleves los frutos de ese diálogo íntimo directamente a tu futuro altar. Si ya caminas bajo la gracia del sacramento matrimonial, date la oportunidad, a través de un retiro o de la Terapia en el Amor, de descubrir cómo disolver los conflictos apoyada en la fuerza del Espíritu. Con tus acciones de cada día, cultiva flores de amor para el altar de tu hogar; flores espirituales que confirmen la bendición divina y te permitan renovar con alegría tus votos. E incluso, si hoy te encuentras en una situación irregular o compleja en tu relación, no te cierres las puertas: date el permiso de perdonar, sanar la mirada y resurgir en el amor de pareja. El gran objetivo de este camino es que al menos uno de los dos acepte el valiente reto de descubrir el milagro de la acción del Amor en su historia.

Por eso, hermana, cuida tus palabras. Te invito a reflexionar en esto: la palabra es el instrumento sagrado que nos define como humanidad, como comunidad y como pareja. La palabra es la encarnación misma de tu espíritu, y tus obras son el testimonio visible que la sostiene.

Fija tus ojos y medita en lo que nos enseña el Santo Evangelio según San Marcos 8, 34–9, 1:

El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Para hacer vida esta Palabra, te propongo cultivar hoy una flor de amor muy concreta: durante este día, observa con infinito cuidado tus expresiones y tus acciones. Con el alma en paz, platica con Dios y analiza los términos que usas al dirigirte a tu pareja; aprende a separar aquellas reacciones que nacen de un amor infantil o joven, de aquellas que brotan de un “amor maduro” y entregado. Agudiza tu atención y haz el compromiso de no utilizar palabras, gestos, ademanes o silencios hirientes para juzgar, etiquetar o descalificar su persona o sus actos. Destierra de tus labios aquellas frases que sabes que tu pareja considera ofensivas o aquellas que hablan de forma negativa de él a sus espaldas. Deja que tus palabras sean un reflejo limpio del tesoro de bondad que el Señor ha sembrado en ti.

DESTINO

Tu siguiente paso en este sendero puede ser escuchar el relato de Luis — «río para que no vean lo que hay adentro» — o mirar el reflejo en la historia de Roberto — «entender todo y no sentir nada» —.