¿Tu amor se acabó, o solo está cambiando de etapa?

Cuando la desilusión empaña el espejo de la pareja, brotan desde el fondo del alma rencores dormidos y temores ocultos que antes no estaban ahí; es entonces cuando cierras los ojos y crees que el amor ha terminado su ciclo. Pero muchas veces no es el final, sino el inicio de una etapa profunda que te pide a gritos renovarte: volver con los pies firmes al presente, abrir el diálogo, mirar de frente al otro y perdonar. Hay personas que sienten que confiar siempre les cuesta demasiado, como Valentina, o que pierden el rumbo y no saben quiénes son cuando una relación entra en crisis, como Lucía. Por eso, esta guía busca ser una luz que aclare tu mirada sobre las estaciones y los ciclos del amor en pareja, para continuar juntas tu acompañamiento en Misión de Amor.

Alma mía, bien sabes que el amor despliega su belleza de muchas formas y en diferentes momentos; cada pareja va descubriendo sus propios frutos a ritmos distintos. A veces, los giros del tiempo nos desalientan y nos hacen pensar que el invierno ha secado las raíces. Mira cuántos abandonan la hermosa labor de cultivar el huerto de su relación creyendo que todo murió, cuando en realidad el Amor solo está madurando. Contempla qué hermoso es el ciruelo: en el frío invierno pierde todas sus hojas, se queda desnudo, pero luego comienza a vestirse de pequeñas flores que se transforman en un fruto dulce y apetecible, antes de que regrese la sombra de sus hojas. En cambio, el árbol del mango y el limonero mantienen su follaje verde y comienzan a florecer en pleno invierno; la brisa va polinizando sus flores con un suave susurro y, en unos meses, te regalan la dulzura de sus frutos jugosos. Mira el mandarino y el guayabo: ellos esperan pacientemente las lluvias del verano para preparar su florecimiento, y es a principios del invierno cuando te obsequian sus frutos dorados, ricos en defensas para el clima adverso. Cada estación tiene su propio color, su fragancia, su florecimiento y el canto particular de sus aves.

De la misma forma se transforma el paisaje en el encuentro de una pareja a lo largo de cinco ciclos sagrados de crecimiento:

  • 1. De abundancia: Es el amanecer del enamoramiento, donde se descubre ese pegamento divino que los mantendrá presentes en la memoria toda la vida. Tus ojos perciben que lo tienes todo y que no hace falta nada.
  • 2. De cobijo: El momento en que la pareja decide entrelazar sus caminos bajo un mismo techo y un destino común, sellando su unión en el sacramento del matrimonio, fundidos en Cristo.
  • 3. De desilusión: Tras tocar la plenitud del sacramento, la relación aterriza en el relieve de la vida terrenal. Comienza la depuración de lo que estorba. Es aquí donde los fantasmas del pasado se hacen escuchar en forma de rencores, y los temores proyectan sombras sobre el futuro del hogar. Es la etapa donde la maduración individual y los conflictos esperan ser abrazados e integrados en el Amor.
  • 4. De renovación: La confrontación y el roce del conflicto son una invitación a resolver desde el espíritu. Aquí es donde descubres el eco de la oración y el diálogo con el Señor, poniendo pie firme para amar al prójimo como a ti misma. Regresas al presente, meditas y descubres el rumbo de cada día, desatando el nudo de la parálisis a través del perdón, que bendice los errores y los transforma en peldaños. Se miran el uno al otro en el espejo de Cristo, contemplándose dentro del Plan universal del Amor, encarnando la misericordia de palabra, obra y omisión. Al extender ese Amor, el Amor mismo los abraza.
  • 5. De plenitud: Tomas conciencia plena de que el Amor es tu origen, tu camino y tu destino final. A diferencia de la primera abundancia, aquí sabes con madurez que, como individuos integrados, lo tienes todo y nada te falta. El Amor rige tu mente, tus emociones, tus expresiones corporales, tu imaginación y hasta tus sueños. Es amar hasta cumplir por completo tu función en esta vida; tal como nos recuerda la palabra difunto, que en su raíz latina significa haber cumplido una misión, pagado una deuda de gratitud y completado el diseño de la existencia.

En todos estos ciclos encontrarás mudanzas de luz y sombra, colores vivos y matices grises, brisas suaves y truenos ensordecedores. Se siente el frío de la pena cuando notas que la realidad no coincide con tus expectativas. Pero ante el desaliento de ver que la relación ya no luce como antes, enfrenta los tiempos de renovación con la certeza del Señor. Las expresiones del Amor son siempre máximas, y al sembrarlo en la tierra, la transformación es constante. Habrá plagas y parásitos que ataquen la debilidad de la planta, pero el Espíritu Santo ha depositado en tu espíritu la paz, la sabiduría, la fidelidad y la paciencia para defender tu huerto. El Amor es la buena noticia que sostiene tu existencia; un salario que se recibe al entregarlo, sin esperar nada a cambio, porque al darlo te das cuenta de que en él está todo.

Escucha cómo la Palabra de Dios nos muestra estas fatigas, pero también el poder de su restauración. En el libro de Job 7, 1-4. 6-7, escuchamos el lamento del alma cansada:

En aquel día, Job tomó la palabra y dijo: «¿No es un servicio militar la vida del hombre en la tierra, y sus días como los de un jornalero? Como el esclavo suspira por la sombra, y como el jornalero aguarda su salario, así me han tocado en suerte meses de vacío, y se me han asignado noches de dolor. Al acostarme pienso: «¿Cuándo me levantaré?». Pero la noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta el amanecer. Mis días corren más aprisa que una lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no volverán a ver la dicha»”.

Frente a este suspiro de desaliento, San Pablo nos muestra en su Primera Carta a los Corintios 9, 16-19. 22-23 el gozo de desgastarse por una misión superior:

Hermanos: Predicar el Evangelio no es para mí motivo de orgullo; es una obligación que se me impone. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio! … Siendo libre como soy de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, para participar de sus bienes”.

Y es el mismo Jesús quien, en el Santo Evangelio según San Marcos 1, 29-39, se acerca a nuestra fiebre cotidiana para tomarnos de la mano y levantarnos:

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando se ponía el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados… Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios… De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todos te buscan». Él les dijo: «Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; que para eso he salido». Y fue predicando en sus sinagogas por toda Galilea y expulsando los demonios”.

Esta es Palabra del Señor.

Hermana, que la fiebre del desánimo no apague tu fe. El Amor no se acaba; es una donación constante en tu espíritu que sale a tu rescate en cada etapa del camino.

DESTINO

Tu siguiente paso en este sendero puede ser escuchar el relato de Valentina — «confiar siempre cuesta demasiado» — o mirar el reflejo en la historia de Lucía — «no sé quién soy cuando estoy sola».